Mª Rosa Galán. La última matrona rural.

María Rosa Galán Fernández es enfermera desde 1951, cuando terminó sus estudios en Valladolid: una doble carrera de matrona y enfermería (ATS). Se formó en ‘La gota de leche’ de Gijón junto a las matronas Julia Barajas y Virginia Leal; y ya en 1953 se estableció por cuenta propia en Piedras Blancas, ejerciendo junto a su hermano José Lino Galán, que también era enfermero, ya que en aquella época no había ambulatorio en el pueblo.

Así comenzó una larga trayectoria profesional que duró años y en la que ayudó a nacer a miles de castrillonenses entre mediados de los años 50 y principios de los 70. Todos los nacidos en el Castrillón de esas décadas pasaron por sus manos. No hay familia en el concejo que no hubiese sido atendida por “Rosita la comadrona”, como la conocen todos.

Enfermería rural

Rosa Galán es una mujer totalmente adelanta­ da a su tiempo. Además de sus estudios superiores, se movía en motocicleta para poder ejercer su trabajo, algo insólito en aquella época. “Mi trabajo al principio era a domicilio, pinchando a la gente por los pueblos. Entonces había mucha tuberculosis y la penicilina se ponía cada 6 horas intramuscular, lo que me obligaba a ir a las casas cuatro veces al día, inicialmente en bicicleta y posteriormente en moto. También los partos eran a domicilio, en condiciones precarias”, relata la matrona, quien recuerda además que el precio del acto médico era inicialmente de 66 pesetas. Su día a día era duro. “Había noches que me llamaban dos o tres veces. A pesar de tener teléfono (tenía el número 9), lo normal era que me picaran a la puerta. Por el día acudía  al  puesto de trabajo aunque hubiese trabajado de noche”, cuenta Galán.

Como enfermera y matrona rural en aquellos años sin tantos recursos como los actuales, son  muchas las anécdotas que vivió, la mayoría buenas y algunas más complicadas.“Cuando tenía 24 años me vinieron  a buscar para atender un parto en un pueblo de Soto del Barco. Al llegar al Alto del Praviano tuve que aparcar la moto pues no podía bajar con ella hasta la aldea. Era de noche, no había luz y el camino estaba lleno de sebes y pozos, íbamos a una casa de difícil acceso y, dada la dificultad, el vecino del pueblo que me vino a buscar, al ver que no me las arreglaba bien me dijo: ¿quieres que te lleve a ‘recachines’? Y sin pensarlo me subió a burrico y me llevó hasta la casa, pues él conocía perfectamente la caleya”, recuerda Rosita la comadrona. De igual modo, cuando iba a Pulide, llegaba en taxi hasta que finalizaba la carretera cerca del pueblo. Allí otro vecino le esperaba con un caballo para poder llevarla hasta la casa de la paciente.

En ese mismo pueblo de Castrillón, Pulide, es donde esta matrona vivió una de sus experiencias más complicadas.  “Me llevé un susto muy grande con una parturienta. Tras dar a luz, tuvo una hemorragia muy  importante que no cesaba. Hice un taponamiento rudimentario  y  la evacuaron  entre cuatro  vecinos en  una ‘angarias’ mientras yo iba detrás con  mi maletín.  En  el pueblo más cercano,  Argañosa de Pulide,  nos esperaba un  taxi que nos llevó  al Hospital de Caridad  de Avilés donde se resolvió  el caso, afortunadamente”.

Cuenta Rosa Galán que hacían  de todo con los pocos medios de los que disponían. “Por ponerte algunos ejemplos,  se aspiraban las secreciones del recién nacido con una gasa haciendo de filtro y aspirando con la boca. Hoy en día esto es impensable pero en la época era lo normal. Cuando se necesitaba hacer un fórceps, se llamaba al tocólogo y en la mesa de la cocina, se practicaba. También hice partos en  colchones tan hundidos que teníamos que colocar una contraventana debajo para dar firmeza”.

A pesar de todas las dificultades, esta matrona valora su vida profesional muy satisfactoriamente. “Siempre me gustó mi profesión y lo hice con gusto. Además recibí mucho cariño de la gente”, señala.

La manera de ejercer la enfermería fue cambiando a medida que pasaba el tiempo. “Cambió  con  la apertura del Hospital San Agustín, los centros de salud y en general el desarrollo de la Sanidad. A partir de ese momento  la matrona rural prácticamente desapareció”, explica Galán.

A lo largo de todos esos años, Rosita la comadrona fue testigo de numerosos avances. “Desde infraestructuras como carreteras, medios de transporte y comunicación, mejoras en  las  casas...  Profesionalmente hoy es otro  mundo.  Entonces no conocíamos las ecografías,  ni monitores y  tampoco teníamos un  equipo  de profesionales a nuestro  lado.  Estábamos solas y  nos arreglábamos como podíamos,  esterilizando  en  una pota con  agua hirviendo el instrumental.  Hasta los guantes,  que no eran desechables, se hervían. Atendí partos en condiciones muy precarias: debajo de carros, alumbrando con velas, en habitaciones con  derecho  a cocina, algo muy habitual en la época...”.

Comparada con  esos tiempos,  Rosa Galán considera que la profesión  actual ha mejorado muchísimo.  “La matrona ahora dispone de unos medios técnicos y  profesionales inimaginables hace 60 años. Me hubiese encantado haber contado con los medios de hoy en día. Las diferencias son abismales en todos los sentidos, salvo en el contacto especial que se establece con la mujer parturienta, aspecto que espero no haya cambiado”, matiza.

Su hija, Rosa Díaz Galán, también enfermera, asegura que su  madre fue una trabajadora incansable.  “Siempre entendió su profesión como un servicio a la comunidad y no como un mero trabajo sujeto a horarios o condiciones regladas. Su disponibilidad siempre fue de 24 horas al día durante los 7 días de la semana, daba igual que fuese invierno o verano. Allí donde hubiese una parturienta, siempre estaba presente. La vida de las personas dependía de ella y siempre asumió esa responsabilidad  de forma natural,  sin  hacer distinciones entre familias debido a su condición social o  ideas políticas. Es por ello  que es una persona súper querida y  respetada por todos en todo el concejo”, asegura.

“Pasear con ella por el concejo es un verdadero placer y un aprendizaje continuo -cuenta orgullosa su hija Rosa Díaz-. Recuerda cada casa donde asistió partos, los nombres de las familias, el número de hijos que tuvieron, incluso detalles de los partos. Siempre tiene un relato que contar: ‘En esta casa tuve que dormir en la cuadra o en el suelo porque no tenían sitio. O en esta otra el bebé vino mal colocado y tuve que hacer una técnica XYZ, el niño casi muere pero logré sacarlo... Rosita es una fuente inagotable de historias”.

Díaz hace hincapié en que, a día de hoy, son muchos los vecinos que aún la recuerdan y la paran por la calle para darle las gracias y presentarse y contarle que ella le ayudó a nacer.  “Mi madre siempre responde dando  detalles del día en  cuestión.  Es increíble, se acuerda de muchísimas cosas”.

Ciudadana ejemplar

El 28  de diciembre de 2017, Castrillón  ha nombrado  a María Rosa Galán,  Rosita la comadrona,  ciudadana ejemplar en un acto celebrado en el salón de Plenos del Ayuntamiento. Junto a ella, otros dos vecinos obtuvieron el mismo reconocimiento: Daniel Wei y Juan Luis Gutiérrez.

Entre los asistentes,  se encontraron representantes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad comarcales, de la Cámara de Comercio,  del Club  de Empresas, de Castricom, de la Ucayc, así como ex alcaldes del concejo como Ricardo Ulpiano,  José María León  y Luis Ferro.

En un momento del acto Rosa Galán recogió su diploma acreditativo y la medalla como Ciudadana Ejemplar, un nombramiento que le ha llegado por su actividad profesional como enfermera  y  comadrona.  En  su  discurso, Rosita explicó que “fueron tiempos difíciles” pero que lo volvería a hacer. “Eso sí, ojalá tuviera 50  años menos para tener otras condiciones de trabajo”, puntualizó.

Galán reconoce que el acto fue muy emotivo. “Estoy muy agradecida por este reconocimiento porque, aunque siempre sentí el cariño de la gente, que se acuerden de uno de forma oficial es todo un halago. Estoy encantada de poder vivir para verlo, pues habitualmente estas cosas suceden cuando uno fallece”

Esta enfermera, jubilada en 1994 con 65 años, quiere aprovechar esta ocasión para declarar su amor por la profesión. “Sigo teniendo ilusión por ella. Aun hoy en día, con 88 años que tengo, hago alguna cosilla a familiares y amigos. Sigo estando en plena forma”, asegura Rosita la comadrona.

Colegio enfermería (Imp. nº356. 2018)

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